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La idea, la mujer y el sueño

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Por muy bien condicionado que esté, el equilibrio del espíritu es siempre relativo. El espíritu apenas se atreve a expresarse y, caso de que lo haga, se limita a constatar que tal idea, tal mujer, le hace efecto. Es incapaz de expresar de qué clase de efecto se trata, lo cual únicamente sirve para darnos la medida de su subjetivismo. Aquella idea, aquella mujer, conturban al espíritu, le inclinan a no ser tan rígido, producen el efecto de aislarle durante un segundo del disolvente en que se encuentra sumergido, de depositarle en el cielo, de convertirle en el bello precipitado que puede llegar a ser, en el bello precipitado que es. Carente de esperanzas de hallar las causas de lo anterior, el espíritu recurre al azar, divinidad más oscura que cualquiera otra, a la que atribuye todos sus extravíos. ¿Y quién podrá demostrarme que la luz bajo la que se presenta esa idea que impresiona al espíritu, bajo la que advierte aquello que más ama en los ojos de aquella mujer, no sea precisamente el vínculo que le une al sueño, que le encadena a unos presupuestos básicos que, por su propia culpa, ha olvidado? ¿Y si no fuera así, de qué sería el espíritu capaz? Quisiera entregarle la llave que le permitiera penetrar en estos pasadizos.

André Breton, Primer manifiesto surrealista.

No me pidas más que esto nena, no me pidas más.

Seguramente estaría esperándome ahora, sentada sobre sus nobles piernas cruzadas, sobre la cama media deshecha, mirando el estampado de las sábanas limpias. Aguardaría hasta sentir mis zapatos, zumbando una búsqueda precisa, quizás hasta muy tarde, hasta que decline su libido imperfecta de espera ansiosa, y se recueste casi dormida, y se deje llevar por el sueño más allá de su desesperación.
Ya se habría cepillado el cabello, aún cuando cree que peinarse en la cama trae inmediata mala suerte, aún cuando sabe que será su consuelo, justificando mi ausencia.

Y yo con esta náusea, algo intentando una salida de mí mismo, como en este caminar noctámbulo, acusando quién sabe qué tremendas verdades que no puedo extender a mi vida de ciudadano demócrata, acosado por las normas vigentes. Y no padecer la salivación previa a la expulsión, sólo una eternización de esta náusea que siento profunda. Puras similitudes con un asma crónico, sacando mecánicamente el ventolín del bolsillo, aspirando el químico que alivia el ahogo, la sensación de ser ahorcado por una mano interna, apretando la faringe y los bronquios. Qué carajos busco? Ni siquiera sabría definirlo, pero hay una exigencia de exaltación que me obsesiona.

Se que solo tendría que llegar hasta su cama, verla todavía intacta de pijama de razo y tenderme a las caricias de almendras de su pelo. Se que pasaría este malestar, que luego podría enderezarme y volcarme sobre su tenue contorno, recorrerlo, penetrarlo en el punto preciso en que sabe recibirme. Ella sabe esconderme de mí, y del mundo.

Se que dormiría hasta el otro día, quizás sin temer pesadillas confusas, desayunaría proteicamente por su consejo y saldría a la calle con la sensación de haberme olvidado algo en su casa. Conozco esta sensación, es un presagio que no tardará en atraparme vulnerable, susceptible a la calamidad.

Pero por qué habría de involucrarla en este padecimiento, por qué debo culparla de no ver mi angustia por todo aquello que resuelto en la vida, no es más que vestidos de una sociedad hipócrita. Lamento no poder corresponder su inquietud cotidiana, pero… y esa serenidad? Y esa sonrisa perfecta? Y esos ojos inconmensurables? Y esos pechos de miel?

Por qué no saber esto antes, por qué desearlo para remorderme de angustia luego, por qué sabiéndolo me empecino en disimular la crueldad de mi egoísmo. Si casi no veo lo que pasa en rededor, para qué desear quitarme el maldito velo de los ojos. Nada indica que me sentiría mejor, mañana es un consuelo de mi imaginación estúpida, consuelo de mejor ventura, ansiados descubrimientos de realidades paralelas. Estoy inquieto. Marginando mis instintos me siento vulnerable a la sed cotidiana. Deshojo margaritas bajo una lluvia de cartas españolas mientras te escucho gritar mi nombre; se que te pierdo, te pierdo por mi estúpida soberbia, por el miedo mayor, el miedo a lo inexorable. Como a Atropos te temo porque en tu abrazo terminan todas las posibilidades.

Estados de ánimo de una mujer filósofo

Precipitando en un vacío interminable, lo actual se impone, exige decisión, acción. Paradójicamente yo persevero en este estado de apatía. Nada que me verdaderamente me distraiga de esta resignación infame. Solo pasatiempos, agradables a veces, obligados y patéticos otras.

Y seguir en esta valle de lágrimas, donde las religiones y los humanismos se mezclan a los actos más abominables y constatar que por los siglos de siglos, el hombre se empecina en alienar las conciencias, en obstaculizar la paz, en criminalizar la tolerancia y el respecto por la naturaleza.

Solo esperanzas, infundadas a veces, engañadoras, otras.

Alcanzando una sabiduría inútil, un abismo se me abre en el alma, ya comprender y tolerar la idiocia es cada vez mas difícil. Se que Hannah Arendt encontraría discutible esto, pero cualquier acción me aparece ínfima e insuficiente frente a tanto degrado.

Y después de todo, por qué pretender que las cosas cambien? Acaso no es la verdad del Geist la que debería imponerse en la historia?

La felicidad es lo que todos buscamos, afirma Aristóteles, la cuestión sería saber de qué se disfraza. Solo la duda existe según Protagoras, a veces infinita, insalvable otras.

Entre ángeles y humanos la picazón de la duda

Pregunta: Qué es lo contrario de la fe?

No es descreimiento, excesivamente definitivo, cierto, terminante. En sí es una especie de creencia.

La duda.

En la condición humana; pero y en la angélica? A medio camino entre Aladiós y el homosap, dudaron alguna vez? Sí, un día, desafiando la voluntad de Dios, se escondieron debajo del Trono para murmurar, osaron preguntar cosas prohibidas: antipreguntas. Así es. Libertad, la vieja antipesquisa. El los calmó, naturalmente, utilizando artes empresariales a lo divino. Los halagó: vosotros seréis los instrumentos de mi voluntad en la tierra, de la salvacondenación del hombre y demás, etcétera. Y, en un abrir y cerrar de ojos, fin de la protesta, adelante con las aureolas y vuelta al trabajo. A los ángeles se les apacigua con facilidad, conviértelos en instrumentos y tocarán la música que quieras. Los humanos son más duros de pelar, todo lo dudan, incluso lo que está delante de sus propios ojos. Y detrás de sus ojos. Aquello que, cuando les pesan los párpados, desfila por dentro…los ángeles lo que se dice mucha voluntad no tienen. Voluntad es discrepancia; no sumisión; disensión.

Salman Rushdie, Los versos satánicos.

Por qué se marchó Gibreel?

Tres días después de que él, con la boca llena de comida impura, la conociera, Allie subió a un avión y se fue. Tres días fuera del tiempo, detrás de un letrero de “no molesten”, pero al final ambos acordaron que el mundo era real, que lo que es posible es posible y lo que no, imposible; encuentro fugaz, barcos que se cruzan, amor en una sala de tránsito. Cuando ella se fue, Gibreel descansó, trató de cerrar los oídos a su desafío y decidió regresar a su vida normal. La sola circunstancia de haber perdido la fe no significaba que no pudiera hacer su trabajo y, a pesar del escándalo de las fotos de la comida del jamón, el primer escándalo vinculado a su nombre, firmó contratos de películas y volvió al trabajo.

Hasta que, una mañana, una silla de ruedas se quedó vacía sin él. Un pasajero con barba, un tal Ismail Najmuddin, embarcó en el vuelo AI-420 con destino a Londres. EL 747 había recibido el nombre de uno de los jardines del Paraíso, no Gulistan, sino Bostan. “Para volver a nacer -diría mucho después Gibreel Farishta a Saladin Chamcha- antes hay que morir. Yo expiré solo a medias, pero en dos ocasiones, en el hospital y en el avión; por lo tanto, suma y sigue. Y ahora, Bobito, amigo mío, aquí me tienes, en el mismo Londres, Vilayet, regenerado, un hombre nuevo con una vida nueva. Bobito, no es de puta fábula?

Por qué se marchó Gibreel?

Por ella, por su desafío, por la novedad, por la fiereza de los dos juntos, por lo inexorable de un imposible que reivindica su derecho de ser.

Salman Rushdie, Los versos satánicos.

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